Aunque no tengo trabajo y empiezo a deprimirme porque tampoco tengo vida social… tengo tiempo para leer, ver películas y pensar. Pensar lo último, por supuesto… tantas horas en el ordenador, creyendo que me mantiene distraída (y en cambio me deprime), me dejan el cerebro seco como un higo.
Cuanto más intento acercarme a lo que creo que es verdad. A mi verdad. Más me alejo. Digamos que, como Cesare Paese y su livro la luna e il falò, no me siento dueña de ninguna tierra ni habitante de ningún país. Y es algo que nos pide el cuerpo. Desde que el ser humano dejó los bosques para habitar en casas hecho de menos el contacto con el aire, los árboles y la tierra. La lluvia, el viento y el sol. Esa es mi casa. Mi casa no es un lugar concreto con paredes. Mi casa es las olas, mi casa es el piar de los pájaros y el gruñido de los animales. El quejido de las ramas en una tarde de otoño. El olor de las hojas en una tarde de verano. Mi perfume es el de la hierba fresca en una mañana de primavera. Y mi refrigerio el rocío de un alba en invierno.