del 27 de enero de 2008 en un trozo de papel
Y te imagino susurrándome al oído que te gusto mucho y besándome de madrugada. Nos despertaríamos el uno en los brazos del otro y haríamos el amor. Me gustaría que me llamases y que me vinieras a buscar. Siempre conmigo, juntos, dándonos pequeños besos.
Pero no puede ser. Ni será. Nunca me llamas, tus besos son medidos por un cuentagotas invisible que te impide darme más. ¿Qué piensas? ¿Qué quieres? De lo que te ofrezco ¿qué es lo que no te gusta? Y sobre todo… ¿por qué no puedo esperar a que la historia tenga un principio, un intermedio y un desenlace como tienen todas a un ritmo normal? Y me digo. No tengo nada. Y no tengo nada, ni siquiera el aire que respiro. Y no soy capaz de retenerlo. Me vuelvo loca y en cuestión de segundos ya no puedo aguantar la incertidumbre de que no sea mío y de que ni siquiera piense lo que quiero para él.
Me asomaba a la ventana, en aquellas tardes de principio de curso y escuchaba a las golondrinas revolotear, rápidas, radiantes, negras y blancas y gritar. Esconderse hábiles y entre piruetas entre las grietas más escondidas de la iglesia y de la casa de al lado. Y la tarde de ese color anaranjado, cayendo. El día se pone, y yo qué he hecho. Fueron incontables tardes de aburrimiento, y ahora lo echo de menos. Eran tardes mágicas, como en suspenso. El sonido y la luz permanecían estáticas. Y en la casa había silencio.
Anunciaban lluvias… esas que ahora anhelo.
Esto es todo lo que me está trayendo… recuerdos.