GOING TO PLACES
Hoy es la última noche de alguien en un sitio.
Recuerdo muy bien mi última noche en mi sitio. Estaba sola en el piso, ya se habían ido todos. El día había sido duro, lleno de despedidas, pero me quedaba lo peor, toda una mañana de llorar y decir adios a las personas más importantes. Recuerdo incluso cuando cerré la puerta. Recuerdo el aire que se respiraba. Mi escritorio vacío. Mi maleta preparada en el pasillo, la ropa del día siguiente doblada sobre la silla y las zapatillas. LLoré en casa, lloré por el camino. Lloré tomando café. LLoré en la despedida. Lloré en el bus del aeropuerto, que además parecía que no iba a partir nunca, y les veía allí a ellos también lloriqueando al otro lado del cristal del bus. Lloré facturando. LLoré en la cola. Lloré en el avión, al llegar, en el tren, y finalmente lloré cuando ya dormía en mi puta cama de mi puta casa.
Y el otro día por la noche, así sin más, me puse también a llorar recordándolo. Creo que no he sentido una situación tan dura en mi vida. Se puede morir quien quiera, puede haber una catástrofe terrible, pueden sucedermi mil desgracias, pero no creo que nunca más en la vida vuelva a llorar tanto como aquel día.
Y ahora me imagino a esa persona intentando conciliar el sueño, en esa cama en la que no volverá a acostarse y pensando en todas aquellas personas a las que tampoco volverá a ver, seguramente, nunca.
Los armarios vacíos... la maleta lista. Y cambios, muchos cambios.
Al volver... todo el mundo habla tu idioma, el rencuentro con la familia, y al cabo de dos días más de lo mismo.
Todo igual... excepto...

