vida después de la muerte
Ahora que ya no hace calor de piscina, y que comienza a soplar el viento.
Ahora que al cruzar la esquina debo sujetar mi chaqueta y veo las hojas pasar de largo.
Ahora me acuerdo, que a veces, es más duro el recuerdo. El recuerdo de un otoño y de un invierno. Y de dos, y de tres, y de cuatro. Que me pesan en los hombros.
Ese invierno… cuántos recuerdos.
Tengo miedo de esos momentos en los que ya no le das un beso a la otra persona al despertar. En la que no te preocupas por su desayuno y menos por su comida. Cuando llega un momento en el que estás en esa cocina tan pequeña, tan estrecha, y ni siquiera os tocais. Cuando te das cuenta de que ha dejado de mirarte con esos ojos, y ya no tiene ni gracia. Que estas haciendo algo que te cuesta y no lo valora, y no te ayuda. Cuando eres capaz de ir más allá de la esquina sin esa otra persona. Y puede que no te plantees nada. Puede que no pienses qué está pasando y sigas adelante. Pero un día dejas de arreglarte, dejas de quererte a ti mismo, y dejas que esa inercia os persiga a los dos. Y miras a otros por la calle. Y comparas y todo parece mejor.
Ya no sientes curiosidad, porque ya lo sabes todo.
No tienes nada por lo que preocuparte, ya es tuyo.
Y te aburres.
Entonces… ¿Qué haces?
Igual deberías recordar aquellas mañanas en las que te despertabas un poco antes del trabajo para hacerle unos arrumacos. En los que ibas a buscarle a la salida. Cuando le dabas esos besitos tan tiernos mientras hervía la pasta. En aquel sábado en la playa, o aquel domingo de excursión. En las vacaciones que pasasteis juntos. En lo bien que te sientes al llegar a casa y saber que te está esperando.
Y sientes, que todavía esperas algo más… y que llegará… y seguramente todo saldrá bien, y te gustará.
No hay que pensar en la muerte, sino en que la vida de los demás continua.