Cortar con alguien siempre es duro. Y volver más. Sobre todo cuando esa persona forma parte de tu rutina. Es una extensión de tus brazos y de tus piernas. Va donde vayas y le sigues a donde quiere ir.
Y no es fácil, en un momento, quedarse solo y y dejar todo eso atrás, como si nada. Subir las escaleras de una en una y darte cuenta de que es más difícil cuando no te espera nadie arriba.
Como dije en mi último post, podría no haber aprovechado el fin de semana, quedarme decepcionada porque no pude dar mil vueltas sin saber a dónde ir… y al final considero que ha sido lo mejor que me ha pasado. He pasado un fin de semana en paz conmigo misma, con mis recuerdos, con mis pensamientos y ahora me siento bien. MUY BIEN.
Pasé el sábado con mis miedos, con mis deseos, rodeada de un mundo que había desaparecido y que ni tan solo recordaba. Un sábado entre sueños.
Los besos, y esos besos, son como robados, tomados de un tiempo, de un momento que quedó suspendido. Esos besos, tan tiernos, tan dulces. Besos. Esos besos.
El sol, tus ojos. Tan brillantes. Con esa chispa de ilusión, de inocencia. Unos ojos que darían luz.