Al girar la esquina se lo encontró de frente. Él todavía no la había visto, y ella siguió caminando, la vista al frente, sonriente. En cuando la vio, se puso recto. Quién lo iba a imaginar, después de meses buscándola con la mirada en cada calle, en cada tienda, en su portal… por fin, así, sin pensarlo, la encontró. Se pararon, y así, frente a frente, sonrieron. Ella más que él, como si el tiempo nunca se hubiese parado para ellos. Los qué tal de rigor y los insulsos bien, bien. Quién lo iba a decir. El sol les daba en la cara, y era una tarde abrasadora a mediados de julio. Sin mediar palabra caminaron rumbo a su casa. Todo se dijo con la mirada, uno al frente, la otra gacha. Allí parados, sin apenas palabras. Pasó su mano, robusta y fina, sobre su cintura, y la empujó levemente. Sí, vamos.
Recorrieron el corto trayecto casi en silencio, comentando pequeños detalles banales de la vida. El trabajo, la familia… al llegar al portal él sacó las llaves. Advirtió que estarían solos, ya que la puerta tenía puesto el doble cierre.
“Dime, todavía…”"Sí”.” Bueno… podemos eludir ese detalle”. Lo miró en silencio. “Sí”.
“Quieres tomar algo”. “No, gracias”.
Incómodos, como almidonados, el uno apoyado en la mesa de la cocina, y el otro mirando hacia la puerta.
“¿No me vas a enseñar tu casa?” le dijo. Y fueron a la habitación. Se vieron de nuevo uno frente al otro, esclavizados, encandilados, con la respiración rápida y el pulso acelerado.
“No puedo soportarlo más”. “Uffff, no me digas eso”.
Y se miraron, de nuevo, pero esta vez más cerca, peligrosamente cerca. Ligeramente de puntillas, sus manos casi rozándole… y él la cogió con fuerza y la asió contra sí. Si el todo fuera un beso, sería ese beso. Prolongadamente reprimido, largamente deseado. La concentración de meses y meses de deseo. Y se recriminaron el no haber sido libres antes. Y todo fue como un delirio, de vergüenza y asalto, de nervios y tiranía.
Ella no cerró los ojos ni un instante, allí, bajo la luz de media tarde sus ojos brillaban, y cuando la besaba los cerraba como inmerso en un sueño. La cogía por el culo, le acariciaba la espalda, la tomaba por la cabeza y la besaba, la besaba tanto que ella creía ahogarse. Y sólo podía mirarle, mirar sus cejas, sus pómulos, su nariz. Como si no le hubiera visto nunca antes.
No podía concentrarse en lo que estaba haciendo, porque no acababa de creérselo. Como si fuera un acto artificial.
No podía hacerlo, aunque ya no había marcha atrás. Le tomó por las manos, se sentó sobre él, y suspiró.