Una mañana de agosto recibí una llamada y me dijeron que se había muerto. Murió recordando que no había sido nadie y que nunca llegó a mi corazón. Sólo a partir de entonces me di cuenta de que había habido algo más. No me presenté al velatorio. Al cabo de dos días intentaba mantenerme serena entre personas que conocía de oídas, mientras el cura parloteaba y la gente lloraba. Me mantuve en una de las filas de atrás mientras el cura bendecía el féretro y el albañil procedía a poner los últimos ladrillos.
Aquí yace… pero ya no estaba allí. Miré a mi alrededor compungida, observando a los familiares que se saludaban, sonreían y comentaban algunas anécdotas. Otros se dirigían a sus coches, y yo, que había acudido caminando, me quedé, paralizada, esperando a que algún milagro apartara mi vista de aquella escena.
Me adentré en el cementerio, y observé los diferentes mausoleos que se presentaban a lo largo de los pasillos interminables. Flores marchitas, fechas del pasado. Muertos olvidados.
Me penó no haber estado el día de su muerte, ni el anterior, ni el anterior, ni al anterior… me culpé de no haber valorado sus gritos ahogados que clamaban pidiendo ayuda en aquellos silencios a través de la línea.
Todas aquellas llamadas egoistas que hice… y ahora, ya no está.
Una mañana de agosto me desperté sabiendo que ya no estaba. Llamé y nadie contestó. Quién me iba a decir que las manos de su padre temblaban sosteniendo el teléfono, aterrado por el quién será.
Al día siguiente una amiga se puso en contacto conmigo y me lo dijo. Nos dejó por la mañana.
Yo sentí su suspiro traspasar mi cuerpo al alba.
Sentí angustia y duelo. Las lágrimas no me abandonaron en ningún momento. No pude trabajar y me fui a casa. No acudí al velatorio y no quise ver a nadie en dos días.
Una mañana de agosto le sentí por última vez. Salió de un aliento que me abrió los ojos. Había quedado claro, más claro que nunca. Ahora tocaba olvidar. Olvidar a los muertos que no lo merecen. Apartarle de mi mente y despedirme dignamente.
Recibí una llamada el 16 de agosto mientras sostenía un tazón de leche y mojaba dos galletas insípidas con sabor a cartón. Me pregunté quién sería, y al otro lado de la línea oí mi nombre entre temblores. La reconocí al instante. Hacía meses que no hablábamos, le pregunté qué pasaba. Al decírmelo, se puso a llorar. Le supliqué que me dejara llamarla más tarde.
Me arrepentí de haberle llamado, aquella mañana del 16 de agosto en cuanto el teléfono, harto de sonar, dio la señal de ocupado.
Sentí que nuestra vida juntos había sido una mentira. Sentí que yo había sido una gran mentirosa. Una farsante.Sentí mi vida arruinada para siempre, igual que aquel “adiós para siempre” que me dijo una y otra vez. Una vida convertida en escombros en la que me perseguiría su muerte accidental como si se tratase de la mía propia.
La llamé llorando a las 15.30 y le pregunté los detalles. Tras aproximadamente una hora al teléfono, colgué y seguí llorando.
No comí, no respiré, y deambulé por la casa haciendome heridas de culpabilidad y dando puñetazos al suelo por no dejarme huir. Huir de mi realidad. De mi inmensa ignorancia.
Fue un 16 de agosto cuando todo quedó claro y yo dejé de respirar. Ya no estás conmigo. Ni lo estarás jamás.