melancolía.
(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).
1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.
2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.
3. f. ant. Bilis negra o atrabilis.
Extraído de la DRAE.
Si la melancolía se apodera de tí… estás perdido, no hay quien lo remedie.
Dale tiempo al tiempo…. y te pones a suspirar y a llorar por los rincones. Dando pena. Sintiéndote miserable por lo que eres y lo que has sido.
Me encanta quejarme, no puedo vivir sin quejarme y sin expresar lo mal que me siento. No obstante, cuando estoy feliz, tampoco me quedo corta. Y por feliz me refiero a pletórica. El año pasado mi amigo J. me decía, ostia tia, no hace falta que me lo digas todo el tiempo, ya te veo ahí sonriente y saltarina. Y coño, estaba jodidamente feliz.
Todo era perfecto, todo era bonito… la felicidad era como un lingote de oro puro.
Y ahora, este verano, estoy bien. Tengo una persona que mataría por mí, tengo compañía, no me falta con quien hablar, tengo un piso bonito, tengo comida, aire y no me faltan piernas ni brazos… puede que no tenga una cuadrilla de amigos, pero tengo gente a mi alrededor.
Lo que me recuerda que es peligroso involucrarse con los amigos de tu novio. mientras estás con él… hay buen rollo, te aceptan, te unen al grupo, eres casi uno más, pero… si lo dejas… olvídate. No me ha pasado nunca, pero yo no clasifico a las personas como “el novio/a de fulanita/o). Quiero decir, si uno de mis amigos/as me presenta a su novio/a, lo incluiré, y si cortan… seguirá incluido. No voy a dejar de hablar, ni llamar ni apartar. Está claro que es más dificil porque el/la ex no quierrá verlo ni en pintura… cosa que tampoco entiendo pero hay casos y casos, pero yo no dejaré de lado a la otra persona a menos que me dé de lado a mí.
Hubo un tiempo en que iba con los amigos de mi novio… uno de esos que tuve y que casi ni considero novio… tan tempranas edades estábamos. En fin. Que de un día a otro… lo perdí todo. Llegó un momento en que quedaba con ellos independientemente de si iba o no en pareja. Hacía cosas con ellos como si mis propios amigos fueran. Y al día siguiente… no me hablaban. Claro que estamos hablando de comportamientos infantiles… pero de ahí, a que te llamen de todo al verte pasar… hay un paso.
Ahora ya somos mayores, y tengo dudas de si harían lo mismo… aunque bien pensado, seguro, que harían lo mismo.
Hay cosas que no cambian, y en los pueblos hay un patrón a seguir.
Bueno… como iba diciendo. La melancolía. Esa puta que te destroza el corazón. Parece que se te eche encima cuando menos la necesitas. Te mira fijamente a los ojos y te funde. Te trae recuerdos inesperados que te dan un buelco al corazón.
No te atrevas a preguntarle por qué vino y cuándo se marchará. No atiende a razones… pero te quiere.
El día que se lo dije todo, al salir del bar, yo le quise dar la mano. La rechazó, cabizbajo, y me dijo un “no” apenas audible, que arrastraba miles de sentimientos por y contra mí. No poder tocar su mano, no poder, en fin, sentirle, me hirió más que cualquier palabra que pudiese decirme en adelante. Desde entonces nada ha sido igual. Siempre hay una barrera de duda y desconfianza. Sus ojos me miran tristes y aunque su mano vuelva a coger la mía, no es igual.
Cambiaría aquel día. Hubiese dicho que sí, y hubiese seguido adelante. Lo hubiese hecho todo con tal de no encontrarme en esa situación. Y allí, en medio de la calle, nos despedimos para siempre, la persona que yo conocí, y la persona que él creyó conocer. Y nada ha sido lo mismo. Ni será. Por eso dudo.
Esa duda que nos corroe por dentro, como la melancolía maldita que me hace recordar esos momentos. Allí bajo el sol de media tarde, al final de un invierno no demasiado duro. Cómo nos trató la vida y qué hará de nosotros. ¿Decidimos realmente las circunstancias o son ellas mismas las que nos encarrilan y no nos dejan escapar? Si yo fuera él… hubiese tomado mi mano y no hubiese pensado en nada. Me hubiese cogido de la cintura y dado un beso, aunque fuera el último. Y no diría nunca adiós, sino hasta luego. Porque al final, la melancolía, no nos permite decir adiós.
Besame y susurrame, susúrrame un suspiro, un aliento motivador. Háblame en tu idioma y transfórmame en aire. Susurros de esperanza, de futuro y de pasión. De algo impalpable pero eterno. Que me cale, que te cale dentro. De tus manos y tus labios. Y tus ojos cerrados junto a los míos soñando, como si nunca hubiese empezado, un delirio de antojo y pasión, de ansias por tocarte y antojo de rasgarte la piel. No te alejes… no me dejes.
Decir “lo dejamos” conlleva una importante carga de “lo dejamos”. Una vez lo has dicho una vez sabes que la historia tiene, posee, un final tácito.
Si volvemos la vista atrás, piensas en su antónomo. “sí, quiero…” o algo así. Vale, salimos… vale… eso no conlleva apenas nada, sino hacer algo que quieres. En cambio, al decir “dejamos” o “¿qué, quieres dejarlo?” uyyyyy no siempre quiere decir hacer algo que quieres. Igual sí, igual no.
Y allí hay un grupo de lobos que recogerán los pedazos, los morderán al vuelo y se los tragarán, y tras digerir bien los cagarán, uno en cada punta de la ciudad… y a ver quién es el guapo que recoge y reune los pedazos.
si a=b y b=c… entonces… “lo dejamos” es igual a “mierda de lobo”.
No siempre….
Tiéndeme tu mano esta vez. Hame cosas prohibidas aunque estén escritas. ¿Quién no ha hecho algo que alguien haya hecho antes?
Despréndeme de mis riendas. Y átame a la cama.