A veces extendemos el brazo para pedir.
Otras alargamos el brazo para dar.
Ayer estiré el brazo en busca de ayuda, y la obtuve. Ya no puedo decirme que estoy sola, porque mentiría. He llamado, y me han respondido.
Y extendí mi mano, y me la cogieron de nuevo. Como un niño que no es castigado.
Demasiado mirarse a los ojos, demasiado mirar al suelo, demasiada verguenza.
Cómo sentirse tan cerca y tan lejos.
Y sientes que estás al borde de un ataque de ansiedad. Pataleas, lloras, y finalmente te calmas para decirte “no pasa nada”. Ya está, ya está, ya pasó, ya no tiene remedio. Y entonces vuelve a llamar y dice “tenemos que hablar”. Y todo vuelve a empezar. Y te haces daño una y otra y otra vez. Y te preguntas si todo eso sirve para algo. ´
Y te encuentras constantemente en el umbral de una puerta. Esa puerta tan puta que ni se abre ni se quiere cerrar. Y tú allí, con la mano extendida pidiendo auxilio. Cógeme…. y no te coge.
Y cuando ya te sientes perdido miras al vacío, de nuevo con la cabeza caída. Y te cogen la mano. Cuando no lo esperabas, cuando ya lo creías todo perdido. Y un simple gesto puede devolverte a la vida. Te mira, como si la vida fuese a fundirse en ese instante y te dices que no, que nunca más. Que lo has pasado muy mal y que no quieres que se vuelva a repetir. Pero tu mano sigue allí tendida.
No me digas nada. Ya está.
No se volverá a repetir.
No volverá a suceder.