Monday, July 9, 2007

ya no

Subió las seis plantas en el ascensor. Estaba nerviosa y un sudor frío recorrió su cuerpo al tiempo que sentía que tenía que salir de allí, que no estaba haciendo lo correcto.
Cuando por fin llegó él no había abierto la puerta, así que sin pensarlo tocó el timbre. Esperaba una cara iluminada por la felicidad y un saludo alegre, pero en vez de eso la puerta se abrió entrecortadamente, dejando escapar un chirrido, y al mirar hacia adentro en vez de lo que había imaginado vio una cabeza cabizbaja que le daba la espalda y se alejaba arrastrando los pies hacia el pasillo. Ella saludó tímidamente, expectante, cerró la puerta con un chasquido del pestillo y le siguió. ¿Te pasa algo? Al entrar en la habitación le encontró sentado, con las manos sobre las rodillas en actitud paciente, todavía mirando al suelo. La habitación estaba medio a oscuras y guardaba un aire austero y como de tiempos pasados. Tan solo una cama y una mesa con una silla repleta de ropa la llenaban. La cortina, sencilla y algo ennegrecida cubría la persiana bajada por la que tan sólo unos rayos de sol se atrevían a colarse dándole a la habitación cierto aire cálido. Esos rayos tímidos que pasaban a través de los agujeros de la persiana llegaban hasta el suelo y le cubrían. Ella miraba estupefacta la estampa, y quedó en silencio absorta en las miles de partículas de polvo que se suspendían en esos rayos fugitivos. El aire era denso, bochornoso, que apenas le dejaba a uno pensar con claridad. Puede que precisamente por eso ella se arrodilló ante el , justo entre sus rodillas y le miró a la cara. Tomó su barbilla entre los dedos y le levantó la cabeza, aunque su mirada seguía fija en alguna baldosa.
Ella se acomodó. Y sintiéndole sumiso le desabrochó el cinturón. Sólo entonces él la miró. Respiró hondo y retiró un mechón de su frente. Ella mientras tanto ya le había desabrochado el botón y bajado la cremallera. Sus movimientos eran decididos. Había estado pensando en ello, en él, toda la tarde y se sentía con suficiente aplomo como para enfrentarse a cualquier actitud.
Es que… y ella le cubrió los labios, algo resecos, con los mismos dedos con que le había tomado la barbilla.
No lo podía negar, estaba excitado. Aunque su mente se resistiera su cuerpo le pedía tomarla. No se resistiría.
Ella lo cogió y lo midió. Era tan… y él cerró los ojos. No… pero ella no iba a decir nada. Se retiró el pelo y se quitó la camisa. Antes de llegar había escogido fría y calculadamente la ropa interior. Sabía que a él le gustaba. Tomó sus manos, que todavía reposaban sobre sus rodillas, y se las puso en la cintura. Entonces la besó. Ella se levantó y empujándole por los hombros le tendió sobre la cama. El edredón, de aire infantil, desprendía un fuerte olor a olvido y abandono. Ella no estaba excitada, ni tampoco creía que llegase a estarlo. No se arrepentía de estar allí ni de hacer lo que estaba haciendo. Pero era como si a cada una de las caricias que le hacía fueran falsas y forzadas, y cuando él la tocaba era como si su piel fuese una dura corteza que la impedía sentir lo que tanto había deseado. Por fin se había armado de valor para ir a verle, y en cambio, después de tanta espera, no valía la pena. Se sintió rebajada, traicionada por su imaginación. Y él, ajeno a todo aquello la tomaba y movía a su antojo, como si nunca nada hubiese cambiado. Sin darse cuenta de que ahora era ella la que tenía la mirada ausente. Esperó a que acabase para dar un salto fuera de la cama, vestirse rápidamente y marcharse. Cerró la puerta y llamó al ascensor. Sabía que él todavía tendría tiempo de ponerse algo y salir a preguntarle: ¿qué pasa?; pero el ascensor llegó rápido.
Posted by bisouemoi at 10:43:17 | Permalink | No Comments »